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Religión y poder: Anatomía religiosa del electorado brasileño

Lula da Silva ve su tercer mandato (iniciado en 2023) como una oportunidad para “reconstruir” Brasil tras el gobierno de Jair Bolsonaro. Cree que una posible reelección en 2026 le permitiría consolidar los cambios que busca implementar en áreas como la lucha contra la pobreza, la protección del medio ambiente (en especial la Amazonía) y el fortalecimiento del papel del Estado en la economía. Para él, no se trata solo de gobernar, sino de dejar un legado duradero.

Dentro del Partido de los Trabajadores (PT) y de la izquierda brasileña, no hay por ahora una figura con el mismo peso electoral y carisma que Lula. Aunque hay nombres con potencial (como Fernando Haddad, Guilherme Boulos o incluso su esposa Janja en un rol más mediático), ninguno tiene hoy la fuerza suficiente para garantizar una victoria contra una derecha aún movilizada. Lula podría sentir que su presencia es necesaria para evitar el regreso del bolsonarismo o de una derecha dura al poder.

Lula encarna un tipo de liderazgo carismático en el sentido weberiano: su poder no está solo en las estructuras del PT, sino en su biografía, su discurso, su conexión con el pueblo llano. Eso genera un problema de sucesión:

• Él construyó el proyecto.

• Él lo salvó en 2022, enfrentando y venciendo a Bolsonaro

• Y él cree que solo él puede preservarlo frente a amenazas autoritarias o neoliberales.

Riesgo con R de Rousseff

Dilma Rousseff es un caso clave: Lula la impulsó a la presidencia como su sucesora en 2010 y ganó. Sin embargo, su estilo era técnico, poco carismático, y su liderazgo se debilitó rápidamente frente a crisis económicas y presiones institucionales. El impeachment en 2016, aunque impulsado por sectores conservadores, mostró los límites de un proyecto sin Lula al frente. Esto traumatizó al PT, y a Lula le enseñó que no puede simplemente delegar el poder sin arriesgar el rumbo del proyecto.

Debido a lo anterior, Lula no quiere arriesgar: 

• Ni una derrota electoral en manos de un delfín débil.

• Ni una reversión política como la que ocurrió tras Dilma.

• Ni su legado, que para él es histórico, regional y moral.

Lula no se siente reemplazable, y hasta cierto punto, la política brasileña tampoco ha producido un relevo natural con su misma legitimidad. Entonces prefiere asumir el riesgo de una reelección con más de 80 años en 2026, antes que apostar por un sucesor que no garantice continuidad.

“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”.

1 Corintios 10:12

Un conjunto de 39 encuestas aplicadas en Brasil desde inicios de octubre de 2023 hasta finales de mayo de 2025 muestra una tendencia mayormente negativa para Lula da Silva desde junio de 2024 hasta febrero de 2025.

Promedio de referencias para Lula da Silva (Tendencia Lowess)

¿Cuáles eventos podrían explicar la debacle del mandatario durante ese intervalo?

 1. Problemas económicos persistentes: Durante este período la inflación siguió elevada (4,83% anual en 2024) y los precios de alimentos y energía subieron, lo que generó molestia generalizada. Más de la mitad de los brasileños considera que la situación económica es mala.

 2. Escándalos de corrupción en la seguridad social: A fines de abril de 2025 se destapó un fraude masivo en el Instituto Nacional de Seguridad Social (INSS) que habría desviado unos 6.300 millones de reales de los jubilados. Aunque muchos cargos del esquema datan de gestiones anteriores, la prensa señaló que el fraude “se intensificó durante la actual administración” de Lula.

 3. Medidas económicas impopulares: El gobierno adoptó varias medidas controvertidas para enfrentar el déficit. Por ejemplo, en febrero de 2025 se suspendió temporalmente el otorgamiento de crédito rural subsidiado del Plan Safra 2024/25 “por falta de dinero”.

 4. Conflictos con sectores clave: Problemas con el sector agrario (indígenas marchando por considerar que los subsidios eran insuficientes), con los maestros (quienes exigieron un aumento salarial) retratan un distanciamiento entre el gobierno y sectores sociales clave que tradicionalmente le eran afines.

 5. Declaraciones y controversias públicas: Diversas gaffes y comentarios polémicos de Lula dañaron su imagen. Por ejemplo, en julio de 2024 hizo una declaración insensible sobre la violencia doméstica tras partidos de fútbol: al comentar un aumento de agresiones contra mujeres después de un partido, bromeó “si el tipo es hincha del Corinthians, ¡todo bien!”, comentario considerado sexista e insensible.

No obstante, la misma tendencia muestra un aparente repunte en la popularidad del Presidente da Silva en el lapso de marzo a junio de 2025 ¿Es real el crecimiento de las preferencias hacia Lula o se trata de una popularidad artificial?

 • Los sondeos nacionales más confiables siguen mostrando a Lula con un apoyo bajo y en estancamiento, no un ascenso sostenido. Por ejemplo, un estudio de Quaest/Genial de fines de marzo ubicó la aprobación de Lula en apenas 41% (desde 47% en enero) mientras la desaprobación subió a 56%

 • Varios analistas señalan que no existen cambios estructurales en la economía o la gestión pública que justifiquen un “boom” de popularidad. De hecho, la percepción económica empeora: los precios de los alimentos y combustibles siguen elevados, generando la sensación general de menor poder adquisitivo que hace un año.

 • Diferencias en metodología (entre encuestas telefónicas, presenciales u online) han generado lecturas dispares. En definitiva, analistas coinciden en que los leves aumentos detectados son coyunturales –por ejemplo, respuestas tempranas de alivio inflacionario o encuestas específicas– y no evidencian un cambio estructural en la intención de voto hacia Lula.

“Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo…”

Juan 18:36

A lo largo de la historia política de Brasil, ningún proyecto de poder ha sobrevivido sin anclarse en las creencias más profundas del pueblo. Si la popularidad de Lula parece fluctuar con factores coyunturales, hay una constante que, silenciosa pero poderosa, ha modelado las grandes decisiones electorales del país: la fe religiosa.

La política brasileña no se explica sólo por datos, encuestas o estrategias de campaña. También se construye en los púlpitos, en los rituales colectivos y en las convicciones espirituales que definen identidades. En este punto, resulta imposible analizar la disputa entre Lula y sus adversarios sin comprender la fractura religiosa que atraviesa al electorado: una nación mayoritariamente católica en herencia, pero crecientemente evangélica en influencia.

El mosaico religioso de Brasil es tan diverso como influyente. Aunque históricamente católico, el país ha visto un crecimiento acelerado del evangelismo en las últimas décadas, especialmente en las periferias urbanas y entre sectores populares. A esto se suma la presencia viva de religiones afrobrasileñas como la umbanda y el candomblé, así como otras expresiones espirituales que enriquecen y complejizan el panorama. Esta pluralidad no sólo configura la vida espiritual de millones de brasileños, sino que también moldea sus decisiones políticas. En Brasil, la fe no es un ámbito separado de la política: es una de sus fuerzas más determinantes.  

En el presente análisis, se utilizaron las Redes Neuronales Autoorganizadas (SOMs) para clasificar municipios brasileños según la proporción de población que profesa distintas religiones. A diferencia de métodos tradicionales, estas redes no imponen categorías predefinidas, sino que aprenden patrones directamente de los datos, permitiendo descubrir agrupamientos sutiles pero significativos.

En términos políticos y electorales, este enfoque representa un salto cualitativo: permite identificar no solo dónde una religión es mayoría, sino cómo se estructuran los perfiles religiosos en cada territorio, lo cual es esencial para comprender el comportamiento electoral, la sensibilidad cultural y las narrativas que resuenan en distintas regiones.

Este método cobra particular relevancia en el Brasil actual, donde las identidades religiosas están fuertemente vinculadas a las disputas políticas. Con un electorado dividido entre católicos que tienden a respaldar a Lula da Silva y evangélicos más próximos a la oposición, comprender esta geografía espiritual del voto no es solo útil, es estratégico. En este contexto, las SOMs permiten a analistas, campañas y partidos ver el país con nuevos ojos.

“Si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede permanecer. Y si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer”.

Marcos 3:24-25

Las elecciones presidenciales de Brasil han reflejado, además de una disputa ideológica, una profunda polarización religiosa que atraviesa la sociedad brasileña. En los comicios recientes, esta división se manifestó con claridad: Jair Bolsonaro consolidó su base electoral en el electorado evangélico, un sector en constante crecimiento que encontró en su discurso conservador, moralista y alineado con líderes neopentecostales una representación directa de sus valores.

Por el contrario, Lula da Silva concentró el respaldo de la población católica romana, históricamente más asociada a las agendas de justicia social, inclusión y lucha contra la desigualdad. Este respaldo no solo respondió a una identidad religiosa, sino también a una visión del Estado como garante de derechos para los sectores más vulnerables.

Esta polarización no es menor: las iglesias se han convertido en espacios de movilización política, y los liderazgos religiosos actúan como mediadores del voto, influyendo en el comportamiento electoral a escala local. En este escenario, entender la composición religiosa de cada municipio no es un dato marginal, sino una clave estratégica para anticipar alianzas, resistencias y oportunidades electorales en un Brasil dividido no solo por partidos, sino por credos.

Esta confrontación tiene al menos cinco efectos relevantes: 

1. Debilitamiento del diálogo democrático
Cuando la identidad política se fusiona con la identidad religiosa, el adversario se convierte en enemigo moral. Esto reduce la posibilidad de acuerdos y consensos, y transforma la política en una lucha existencial.

2. Instrumentalización de la fe
Las iglesias, especialmente algunas evangélicas, han sido utilizadas como plataformas de campaña, generando una mezcla riesgosa entre púlpito y tribuna. Esto puede desvirtuar el papel espiritual de las instituciones religiosas y erosionar su legitimidad frente a la sociedad plural.

3. Aumento de la intolerancia y los discursos de odio
La polarización ha alimentado discursos excluyentes que refuerzan estereotipos y hostilidad entre grupos religiosos, afectando la convivencia en comunidades donde distintas creencias coexisten.

4. Segmentación territorial del voto
Municipios y regiones donde una religión predomina tienden a presentar patrones electorales homogéneos, lo que puede derivar en estrategias políticas cada vez más sectarias, diseñadas para “hablarle solo a los propios”.

5. Tensiones institucionales Cuando líderes religiosos ejercen presión directa sobre decisiones gubernamentales, se corre el riesgo de socavar la laicidad del Estado y desequilibrar las políticas públicas en función de doctrinas religiosas particulares.

En regiones como el Noreste y parte del Sureste, el catolicismo tradicional tiene una fuerte presencia histórica, vinculada a comunidades rurales, sectores populares y movimientos sociales.

Lula da Silva y el PT han tenido históricamente apoyo de sectores católicos progresistas, especialmente aquellos vinculados a la Teología de la Liberación, que promueven el combate a la pobreza y la justicia social, muy presentes en el discurso lulista. Por tanto, la correlación positiva entre catolicismo y voto a Lula refleja una identificación sociocultural y narrativa: católicos ven en Lula un proyecto de inclusión, redistribución y dignidad para los pobres.

El crecimiento de las iglesias evangélicas, particularmente pentecostales y neopentecostales, ha sido más dinámico en los últimos 20 años, consolidando un bloque religioso-político conservador.

Jair Bolsonaro capitalizó ese crecimiento, usando un discurso fuertemente moralista, anticorrupción y alineado con los valores evangélicos (familia tradicional, lucha contra el comunismo, defensa de la propiedad privada).

El voto evangélico a Bolsonaro no es solo ideológico, sino estructural y estratégico: líderes evangélicos movilizan a sus fieles como actores políticos, predicando desde los púlpitos en favor de candidatos “de Dios”.

“Cuando no hay buen gobierno, el pueblo tropieza; la seguridad depende de los muchos consejeros.”

Proverbios 11:14

En este tablero, la religión ha emergido como una variable decisiva. Brasil no es sólo un país plural desde el punto de vista confesional, sino un campo de disputa simbólica entre visiones del mundo. El catolicismo, aún mayoritario, ha demostrado una afinidad consistente con Lula, especialmente en las regiones Noreste y partes del Sureste, donde el electorado asocia sus propuestas con justicia social y protección a los más vulnerables. En contraposición, el crecimiento evangélico ha generado una base electoral sólida y disciplinada para la derecha, alimentada por discursos de moral, orden y autoridad, canalizados eficazmente por Jair Bolsonaro y seguidores.

En suma, el desafío no será sólo ganar elecciones, sino evitar que la religión, usada como arma política, termine por erosionar los ya frágiles consensos democráticos del Brasil contemporáneo.

Lula enfrentará en 2026 un desafío inédito: no solo convencer al electorado en un entorno económico adverso, sino hacerlo en un país profundamente fragmentado por la fe. Su capacidad para dialogar con el Brasil evangélico, sin traicionar su base progresista, definirá no solo su futuro político, sino el equilibrio democrático del país.

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